viernes, 15 de diciembre de 2006

Yo no buscaba a nadie y te vi...


De todas esas mañanas recuerdo algunas cosas. En realidad recuerdo bastante. Eran mañanas de seis y media en el andén, mañanas de frío, mañanas de calor, mañanas sucias y grises, despejadas, de lluvia o de sol.
Invariablemente…mañanas…muy temprano…Cómo no recordar ese paisaje urbano tan solitario, de tantas personas en ese tren, de tantos perfumes y tantos sobretodos mezclados. Aquel eterno recorrido estación Devoto-Retiro se grabó en mi memoria para siempre, porque si cierro los ojos, puedo verlo todo, como si fuera una película, como si estuviera sucediendo ahora… Y vuelvo a ver a todas esas personas adormecidas que ni se miraban y que, entre el sueño y la vigilia, se dirigían sin demasiado entusiasmo a sus trabajos y estudios.
Recuerdo a los vendedores ambulantes que se paseaban de coche en coche anunciando “increíbles ofertas” y a los obreros en bicicleta, amontonándose en el furgón…
En el silencio de esta noche, vuelvo a escuchar el sonido de la máquina de picar boletos y la bocina del tren . Puedo ver con claridad el uniforme de esos guardas panzones interrumpiendo sueños y pensamientos al anuncio de…Booooletoooossssssssss…
Me acuerdo de esos pequeños angelitos que, clavándome la mirada, estrechaban sus manitos para vender pedacitos de cielo; esos chiquitos que, con un equilibrio impensado para su corta edad, se desplazaban de un lado a otro ofreciendo a los pasajeros las estampitas de San Cayetano y la Virgen Desatanudos.
También recuerdo a la chica alta, altísima, que subía en la misma estación que yo y a aquel muchacho que lucía orgulloso sus anteojos de sol aún en días nublados. Recuerdo a ese chico que bajaba en estación Palermo con una mochila gigante y una carpeta típica de colegio industrial… y a esos papás con sus dos nenes de guardapolvo blanco rumbo a la escuela…
¿Y cómo no recordar a mis entrañables veteranos de Malvinas? Ellos siempre fueron parte de este paisaje matinal, con sus uniformes a medias y sus medallas, ganándose su pan a pesar de los recuerdos de la guerra y el horror, con la mirada y los ojos impregnados de ese dolor que iba a clavarse en mi alma para siempre como un eterno puñal… (Ellos tendrán un capítulo aparte en este blog, ahora prosigamos…)
Y cómo no recordar a aquella señora que mendigaba para sus hijos y que nos echaba a todos una flor de puteada cuando nadie le daba nada…presenciar tal espectáculo sí que era estar en el límite que separa a la tragedia de la comicidad…
Pero de todos estos recuerdos sobre rieles, vos sos mi preferido. Yo tenía 18 o 19 años, un montón de sueños y una mochila pesada de libros. Tal vez porque yo era chica y muy tímida me conformaba tan sólo con verte. Vos y ese amanecer porteño anaranjado y furioso por la ventanilla llegando a Retiro eran el paisaje más lindo que mis ojos podían regalarme. Subías al tren antes que yo, y nos bajábamos los dos en Retiro, igual que muchas de las otras personas, para caminar con todo ese malón de hormigas humanas hasta Avenida del Libertador, donde vos seguías derecho y yo doblaba. Para serte sincera, nunca pensé que fueras a hablarme o siquiera a mirarme…Eras demasiado hermoso para eso, eras casi irreal…Siempre ibas de traje y llevabas un bolso verde oscuro. No eras mucho mayor que yo, dos, tres, cuatro añitos tal vez. A veces viajabas con algún compañero de facultad, pero en general ibas solo. Alguna vez, por accidente, te sentaste o te paraste cerca de mí. Alguna vez, de pura suerte, se cruzaron nuestras miradas tan sólo algún instante. Qué difícil era no mirarte… Y como todas las personas que son verdaderamente hermosas, creo que no te dabas cuenta de la hermosura tuya, que en vano trataba de pasar desapercibida y de mezclarse con la gente…Y esa ignorancia de tu propia hermosura te hacía todavía más hermoso…Te parabas un poco antes de llegar a estación Retiro, para evitar el tumulto de gente. En alguna oportunidad me dejaste pasar primero, como lo hacías siempre con el resto de las personas.
Como si tu hermosura de otro mundo no bastara, fui testigo casual de tu corrección y tus buenos gestos…Recuerdo aquella mañana lluviosa, cuando tomaste del brazo a una chica ciega y la ayudaste a cruzar la calle embarrada sin pisar aquel charco…Ese gesto me robó una sonrisa y una nostalgia…y se quedó conmigo hasta el día de hoy.
Una vez, tan sólo una vez, apoyaste tu bolso sobre el apoyabrazos del asiento en el que yo todavía estaba sentada…y…¡se te cayeron las llaves! ¡Justo a mis pies! Era mi oportunidad de hablarte, de ganarte de mano y alcanzarte las llaves antes de que vos las levantaras del suelo, y entonces yo podría mirarte a los ojos sin ninguna otra excusa que la de devolverte tus llaves…La suerte se había puesto de mi lado…Finalmente, aunque más no fuera por un segundo…
Pero no…no pudo ser…quedé tan paralizada con tu presencia que de tanto pensarlo me quedé inmóvil…y así fue como levantaste tus llaves rápidamente y seguiste tu camino…


2 comentarios:

M@rcelo dijo...

Qué lindo tu relato...Qué feo cuando eso último pasa...o cuando desparraman sus cuadernos delante de ti y no atinás a nada! O cuando tocás a alguien casi sin darte cuenta y al ver tu mano sobre la otra persona, la sacás inmediatamente, al tiempo que pensás, "Qué hice???" pero no por haberla sacado, sino por haberla puesto...
Momentos donde uno se queda nulo...ni dice, ni hace, ni piensa...solo se detiene esperando que el tiempo pase...bah! Como lo hace las 24 horas del día...

M@rcelo dijo...

Olvidé mencionar que estoy esperando ansiosamente, que me cuentes como te fue en la fiesta... ;)
Habrás sacado fotos como loca me imagino, jajaja! Habrás sacado aquella foto de la que tanto hablamos??? Jajaja...mas te vale! :P Sabés que es joda...

Besos!!!