
Jeans de los más viejitos y cómodos. Remera de los Beatles y zapatillas de lona verdes. Me cruzo la carterita de tela, no sin antes chequear que allí se encuentre mi pasaporte a la felicidad. Dos vueltas de llave y bajo las escaleras apurada, porque no puedo esperar el ascensor.
En la calle, un sol radiante va entibiando los pensamientos y aliviando ese peso que llevo desde hace semanas sobre los hombros. Hoy no voy a pensar en eso. Hoy no.
El 107 está bastante lleno por ser pasadas las dos de la tarde. En unos cuartenta minutos llego al barrio de Nuñez y no queda otra que caminar las 10 o 15 cuadras que me separan del Monumental. Calles cortadas, policía y tránsito enrarecido. Pero en el aire se respira alegría. Como si algo de otro mundo estuviera por suceder. Un grupo de cordobeses busca sin éxito la Avenida del Libertador y yo me ofrezco de guía. Les indico cómo seguir y me quedo haciendo cola en el lugar que me corresponde. Son apenas las tres y media y la fila tiene un largo de cuatro cuadras. Me siento al sol y me dedico a mirar lo que pasa a mi alrededor, que son sonrisas, caras expectantes y llenas de alegría. Pienso que es lindo sentarse y ver pasar la gente sin tener que perocuparse por llegar deprisa a algún lugar. Dos chicos mendocinos me hacen una broma y los tres reímos con ganas, y es el inicio de una compañía que se prolongará hasta el final del día. Todos estamos ansiosos, porque llegó un día que nunca imaginamos que llegaría. ¿Quién hubiera dicho que la suerte iba a convocarnos allí? Las sensaciones se intensifican con el transcurso de las horas de ese día irrepetible y único.
Con emoción entramos al estadio. Nos cortan la entrada. Nos sentamos. Lentamente, el estadio se llena de gente, se llena de color. Somos cada vez más, pero nadie empuja, ni nadie atropella. Todos sonríen y charlan amistosamente. Parece que todos fueramos viejos conocidos. La tarde va cayendo y la noche se presenta inusualmente fría para el mes de noviembre.
Y entonces dan las nueve. No tengo frío, tampoco hambre ni sueño. Solo la certeza de que por tres horas, no hay razones para estar triste. Porque ahí aparecés, detrás del humo azulado, como en el más imposible de mis sueños. Vos y tu bajo. Vos. No lo puedo creer. Sos vos.No puedo creer estar allí, en medio de tanta magia. No puedo creer que seas real y que lo que está pasando sea cierto. Y todos nos paramos…y saltamos…y gritamos sin poder evitarlo… Porque saludás, porque te vemos, porque estás allí. Y no podrías ser más bienvenido. Menos mal que se te ocurrió venir... Menos mal…Cantamos con vos y te cantamos. Tu presencia lo inunda todo y nos obliga a la más sincera de las sonrisas. Mi corazón se desborda de una emoción muy extraña y profunda. El regalo de tu voz transporta 45 000 almas a otra parte y nos hace felíz con cada canción, cada gesto y cada frase que tratás de emitir en un español más que sospechoso. Nos llevás al refugio sagrado de esa música que siempre fue nuestra única certeza, nos llevás a esa trinchera vieja y conocida que nos protege de todos los males. Ese refugio siempre estuvo.Y siempre va a estar. Nos regalás una certeza en un mundo incierto y volátil. Y no puedo dejar de saltar y de cantar fuerte, muy fuerte durante casi tres horas. Y de golpe estoy llorando sin poder hacer nada al respecto. Pero son lágrimas que no lastiman; son de esas lágrimas que sanan y que guardan cada instante como un momento sagrado y secreto. Es un momento lumimoso, y lo llamo a mi papá para saludarlo por su cumple otra vez, para compartir este momento increíble con él. Para acercarle la magia.
Y así transcurre el tiempo, con rapidéz, como escapándose de las manos, pero no del corazón, que va guardando las imágenes y los sonidos para siempre. Y la noche de magia llega a su final con un “hasta luego” tuyo.
Hasta siempre Paul. Y gracias.







