
En una de las primeras entradas de mi blog yo les hablaba de ciertos angelitos urbanos. Y me refiero a ellos; a esos chiquitos que, al igual que la nena del subte, han sido excluidos de la infancia por alguna perversa razón del destino. Por circunstancias del mundo, de este país y de un sistema capitalista más que condenable, se ven en la necesidad de trabajar y/o mendigar desde la edad más temprana. Así, totalmente desprotegidos y a la deriva, pasan sus días en la calle, el lugar menos adecuado para ellos, expuestos a todo tipo de peligros.
Y Buenos Aires está llena de estos angelitos tan injustamente expulsados del paraíso de la infancia. Se los ve durmiendo en la calle, pidiendo en las esquinas, revolviendo la basura o vendiendo estampitas y otros artículos en trenes y subterráneos.
Donde mires vas a encontrarlos. Salvo, por supuesto, que no mires o que no te interese mirar.
Esta mañana yo estaba en un maxi-kiosco de esos tipo auto-servicio, en Diagonal Norte y Suipacha. Se me acerca un nene de unos diez u once años y me clava los ojitos. Yo pensé que iba a pedirme unas monedas. Y cuando nuestros ojos finalmente se encontraron, me dijo: “¿Me compra algo?”
Ahí nomás se me partió el corazón en 743 partes. Y me llené de impotencia, de tristeza, y de un montón de cosas muy difíciles de describir.
¿Qué puedo decirles? Que en ese momento se me pasaron mil cosas por la cabeza. Pensé en mis alumnos del cole de esa misma edad y de lo diferentes que son las vidas de esos chicos en comparación con la de este nene. Los primeros no tienen otras preocupaciones que la prueba de matemática o la camiseta de fútbol que se quieren comprar y van a todos lados con su i-pod y su celular. ¡Qué al pedo! Pienso yo, que estos mocosos acumulen tantas cosas que ni les hace falta ni saben apreciarlas. Perdoname el lenguaje, Alfredo, pero me da mucha bronca. Yo creo que si vendiéramos las camisetas, los celulares, las zapatillas de marca con rueditas y los i-pods todos juntos, podríamos curar el hambre de varias villas. En cambio este nene, va a todos lados con una mochila viejita y una camperita que apenas lo abriga un poco.
“Sí,” le dije yo “¿Qué querés comer?”
Y con una carita de hambre impresionante me dijo: “Chocolate!!!” Y los miraba con unas ganas que me es imposible explicárselas.
Le di los chocolates y la plata que necesitaba para comprarlos. Y como si se hubiera ganado la lotería se apuró para ir a la caja a pagar por su compra.
“Gracias, gracias” me dijo con una sonrisa de oreja a oreja, y se fue de vuelta por donde había venido.
Y Buenos Aires está llena de estos angelitos tan injustamente expulsados del paraíso de la infancia. Se los ve durmiendo en la calle, pidiendo en las esquinas, revolviendo la basura o vendiendo estampitas y otros artículos en trenes y subterráneos.
Donde mires vas a encontrarlos. Salvo, por supuesto, que no mires o que no te interese mirar.
Esta mañana yo estaba en un maxi-kiosco de esos tipo auto-servicio, en Diagonal Norte y Suipacha. Se me acerca un nene de unos diez u once años y me clava los ojitos. Yo pensé que iba a pedirme unas monedas. Y cuando nuestros ojos finalmente se encontraron, me dijo: “¿Me compra algo?”
Ahí nomás se me partió el corazón en 743 partes. Y me llené de impotencia, de tristeza, y de un montón de cosas muy difíciles de describir.
¿Qué puedo decirles? Que en ese momento se me pasaron mil cosas por la cabeza. Pensé en mis alumnos del cole de esa misma edad y de lo diferentes que son las vidas de esos chicos en comparación con la de este nene. Los primeros no tienen otras preocupaciones que la prueba de matemática o la camiseta de fútbol que se quieren comprar y van a todos lados con su i-pod y su celular. ¡Qué al pedo! Pienso yo, que estos mocosos acumulen tantas cosas que ni les hace falta ni saben apreciarlas. Perdoname el lenguaje, Alfredo, pero me da mucha bronca. Yo creo que si vendiéramos las camisetas, los celulares, las zapatillas de marca con rueditas y los i-pods todos juntos, podríamos curar el hambre de varias villas. En cambio este nene, va a todos lados con una mochila viejita y una camperita que apenas lo abriga un poco.
“Sí,” le dije yo “¿Qué querés comer?”
Y con una carita de hambre impresionante me dijo: “Chocolate!!!” Y los miraba con unas ganas que me es imposible explicárselas.
Le di los chocolates y la plata que necesitaba para comprarlos. Y como si se hubiera ganado la lotería se apuró para ir a la caja a pagar por su compra.
“Gracias, gracias” me dijo con una sonrisa de oreja a oreja, y se fue de vuelta por donde había venido.


