
Y en pleno siglo XXI...
Sábado a la tarde. 19:30 horas, para ser más precisa. Me tomo el colectivo 85 frente al Parque Rivadavia. Por suerte hay varios asientos vacíos y como siempre que puedo, elijo uno junto a una ventanilla.
Va cayendo la tarde sobre la ciudad y veo cómo los edificios recortan un atardecer anaranjado. La tarde se hace jirones de a poquito. Veo pasar la gente, las motos, los autos, los colectivos, la vida. Miro a las personas a medida que se suben al colectivo y mis pensamientos se desvían hacia todo lo que debo hacer este fin de semana y las tareas que han quedado pendientes. La avenida Rivadavia ofrece un paisaje más que familiar. Involuntariamente, recuerdo personas y lugares de tiempos ya muy lejanos.
Dos paradas antes de llegar a Plaza Flores, sube un muchacho con mochila. Examina los asientos vacíos durante unos instantes y decide sentarse junto a mí. Creo que me miró. O tal vez no. Yo sigo mirando por la ventanilla para no perderme ni un segundo de ese anochecer irrepetible. El abre su mochila para sacar unos apuntes de facultad. Física. O algo así. Se acomoda los lentes y se dispone a leer. Creo que no logra concentrarse; hay cada vez más gente en el colectivo y más ruido.
Entonces levanta la vista de los apuntes y una voz me trae de vuelta de mis pensamientos:
Muchacho: (con seriedad) Disculpame, ¿podrías decirme la hora?
Luz: Sí. 19:30
Muchacho: muchas gracias.
Luz: por nada.
Transcurren algunos segundos y mis pensamientos vuelven a interrumpirse.
Muchacho: Disculpame…
Luz: Sí…
Muchacho: (otra vez muy serio) Perdoname si te parece muy atrevido de mi parte. Pero la verdad es que tenés unos ojos hermosos.
Luz: muchas gracias, le digo en voz baja.
Y automáticamente se me dibuja una sonrisa. No se si son ideas mías, pero creo que algunos pasajeros miran sorprendidos. Y sonrío porque estoy a punto de morir de vergüenza y porque me da una mezcla de gracia y ternura escuchar un piropo tan educado por parte de alguien tan joven.
Con la tranquilidad de quien ha dicho lo que piensa y sin ninguna otra intención en particular que la de decir lo que ya se ha dicho, el muchacho vuelve a sus apuntes de física y yo, a mirar por la ventanilla. Dos o tal vez tres paradas más tarde el muchacho se levanta del asiento y, sin mirar atrás, solicita parada para bajarase.
Y es así que cuando el colectivo frena y las puertas se abren, el desaparece de mi vida para siempre.
Va cayendo la tarde sobre la ciudad y veo cómo los edificios recortan un atardecer anaranjado. La tarde se hace jirones de a poquito. Veo pasar la gente, las motos, los autos, los colectivos, la vida. Miro a las personas a medida que se suben al colectivo y mis pensamientos se desvían hacia todo lo que debo hacer este fin de semana y las tareas que han quedado pendientes. La avenida Rivadavia ofrece un paisaje más que familiar. Involuntariamente, recuerdo personas y lugares de tiempos ya muy lejanos.
Dos paradas antes de llegar a Plaza Flores, sube un muchacho con mochila. Examina los asientos vacíos durante unos instantes y decide sentarse junto a mí. Creo que me miró. O tal vez no. Yo sigo mirando por la ventanilla para no perderme ni un segundo de ese anochecer irrepetible. El abre su mochila para sacar unos apuntes de facultad. Física. O algo así. Se acomoda los lentes y se dispone a leer. Creo que no logra concentrarse; hay cada vez más gente en el colectivo y más ruido.
Entonces levanta la vista de los apuntes y una voz me trae de vuelta de mis pensamientos:
Muchacho: (con seriedad) Disculpame, ¿podrías decirme la hora?
Luz: Sí. 19:30
Muchacho: muchas gracias.
Luz: por nada.
Transcurren algunos segundos y mis pensamientos vuelven a interrumpirse.
Muchacho: Disculpame…
Luz: Sí…
Muchacho: (otra vez muy serio) Perdoname si te parece muy atrevido de mi parte. Pero la verdad es que tenés unos ojos hermosos.
Luz: muchas gracias, le digo en voz baja.
Y automáticamente se me dibuja una sonrisa. No se si son ideas mías, pero creo que algunos pasajeros miran sorprendidos. Y sonrío porque estoy a punto de morir de vergüenza y porque me da una mezcla de gracia y ternura escuchar un piropo tan educado por parte de alguien tan joven.
Con la tranquilidad de quien ha dicho lo que piensa y sin ninguna otra intención en particular que la de decir lo que ya se ha dicho, el muchacho vuelve a sus apuntes de física y yo, a mirar por la ventanilla. Dos o tal vez tres paradas más tarde el muchacho se levanta del asiento y, sin mirar atrás, solicita parada para bajarase.
Y es así que cuando el colectivo frena y las puertas se abren, el desaparece de mi vida para siempre.



























